¿Quién soy?

¿Quién soy?

Este artículo forma parte de una serie dedicada a explorar algunas de las preguntas fundamentales de la experiencia humana.

Preguntas que han acompañado a filósofos, místicos, científicos, artistas y buscadores de todas las épocas.

¿Quién soy?
¿Qué hago aquí?
¿Qué es la felicidad?
¿Qué es el Amor?
¿Qué significa ser libre?
¿Qué es el hogar?
¿Qué es una vida plena?

El objetivo de esta serie no es ofrecer respuestas definitivas ni construir nuevos sistemas de creencias.

Su propósito es más sencillo y más ambicioso al mismo tiempo.

Mirar.

Observar.

Cuestionar.

Retirar capas.

Explorar aquellas ideas que damos por ciertas y que rara vez examinamos con profundidad.

Comenzamos por la pregunta que da origen a todas las demás.

¿Quién soy?

Pocas preguntas han acompañado al ser humano con tanta insistencia como esta.

¿Quién soy?

No qué trabajo realizo.

No cuánto dinero tengo.

No cuál es mi nacionalidad.

No qué creen los demás sobre mí.

¿Quién soy?

La mayoría de las personas pasan buena parte de su vida sin formularse esta pregunta de manera consciente. Estudian, trabajan, forman una familia, persiguen objetivos, acumulan experiencias y construyen una identidad. Sin embargo, tarde o temprano aparece una grieta.

Algo sucede.

Una pérdida.
Una crisis.
Una enfermedad.
Una ruptura.
Un éxito que no produce la satisfacción esperada.

Y entonces surge una sospecha inquietante.

La sospecha de que aquello que llamamos «yo» no es tan sólido como parecía.

Desde la infancia comenzamos a acumular definiciones.

Nos dicen quiénes somos.

Nos asignan un nombre.

Una nacionalidad.

Una religión.

Un conjunto de creencias.

Una historia familiar.

Más adelante añadimos una profesión, una ideología, unos gustos, unas aficiones y una determinada imagen de nosotros mismos.

Construimos una identidad pieza a pieza.

El problema es que todas esas piezas cambian.

Cambian las circunstancias.

Cambian las relaciones.

Cambia el cuerpo.

Cambian las opiniones.

Cambian los deseos.

Incluso cambian los recuerdos.

Y cuando una identidad se construye exclusivamente sobre elementos cambiantes, aparece una sensación inevitable de inestabilidad.

Por eso la pregunta sigue viva.

Porque ninguna etiqueta consigue responderla por completo.

No somos únicamente nuestro cuerpo.

El cuerpo cambia constantemente.

No somos únicamente nuestros pensamientos.

Los pensamientos aparecen y desaparecen sin cesar.

No somos nuestras emociones.

Las emociones fluctúan como las olas del mar.

Tampoco somos nuestra historia personal.

La historia explica muchas cosas, pero no contiene la totalidad de lo que somos.

La búsqueda de uno mismo comienza cuando dejamos de conformarnos con las respuestas heredadas.

Cuando dejamos de repetir definiciones ajenas.

Cuando nos atrevemos a mirar directamente.

La pregunta no busca una definición intelectual.

No busca una nueva etiqueta.

No busca una teoría más sofisticada.

Busca una experiencia.

Busca reconocimiento.

Busca verdad.

Por eso las grandes tradiciones de sabiduría han insistido una y otra vez en la observación de uno mismo.

No para añadir más conceptos.

Sino para descubrir qué permanece cuando los conceptos se apartan.

Qué permanece cuando el ruido se reduce.

Qué permanece cuando dejamos de identificarnos con todo aquello que cambia.

La pregunta «¿Quién soy?» no se responde acumulando información.

Se explora.

Se vive.

Se contempla.

Y cada capa que cae nos acerca un poco más a aquello que siempre estuvo presente.

Toda búsqueda auténtica comienza exactamente en el mismo lugar.

Con una pregunta formulada con honestidad.

¿Quién soy?