¿Qué hago aquí?
Hay preguntas que aparecen una y otra vez a lo largo de la vida.
A veces llegan durante una crisis.
Otras veces cuando, aparentemente, todo va bien.
Surgen en la adolescencia, regresan en la madurez y suelen volver a visitarnos cuando algún acontecimiento importante sacude nuestras certezas.
Una de ellas es:
¿Qué hago aquí?
No parece una pregunta complicada.
Y, sin embargo, cuando intentamos responderla con honestidad, descubrimos que rara vez sabemos qué decir.
Porque solemos contestarla antes de haberla escuchado realmente.
Las respuestas que heredamos
Desde pequeños recibimos explicaciones sobre lo que se supone que estamos haciendo aquí.
Estudiar. Trabajar. Formar una familia. Tener éxito. Ser útiles. Dejar un legado.
Algunas culturas añaden otros elementos: cumplir una misión, aprender determinadas lecciones, superar pruebas, evolucionar espiritualmente o alcanzar la iluminación.
Todas estas respuestas pueden contener parte de verdad.
Pero existe un problema.
Con frecuencia las aceptamos sin examinarlas.
Las incorporamos como quien hereda un mapa sin comprobar si describe el territorio por el que realmente está caminando.
Entonces la vida se convierte en una carrera por cumplir objetivos que nunca nos detuvimos a cuestionar.
Cuando los objetivos no bastan
Muchas personas descubren que algo no encaja precisamente cuando consiguen aquello que llevaban años persiguiendo.
Obtienen el trabajo, la pareja, la estabilidad económica o el reconocimiento.
Y descubren que la sensación de vacío no desaparece.
No porque hayan hecho algo mal.
Sino porque los objetivos pueden responder al «cómo» de una vida, pero rara vez responden al «para qué».
La ocupación no es necesariamente significado.
El movimiento no siempre es dirección.
La búsqueda de una gran misión
Ante esa insatisfacción aparece otra posibilidad.
La idea de que cada persona posee una misión extraordinaria que debe descubrir.
Y aunque esta visión puede resultar inspiradora, también puede convertirse en una nueva trampa.
Porque entonces la vida se transforma en una búsqueda obsesiva de algo que parece estar escondido.
Esperamos una revelación. Una señal definitiva. Una certeza absoluta.
Mientras tanto, dejamos pasar los días esperando comprender el sentido de la vida antes de vivirla.
Una mirada diferente
¿Y si la pregunta estuviera formulada de forma que nos lleva a confusión?
Cuando preguntamos: ¿Qué hago aquí?, parece que asumimos que existe una respuesta intelectual capaz de resolver el misterio.
Pero la experiencia muestra algo distinto.
Las personas que parecen vivir con más sentido no siempre tienen explicaciones más elaboradas.
Lo que suele diferenciarles es otra cosa.
Están presentes. Participan de su vida. Escuchan lo que sienten. Atienden lo que ocurre.
Estar aquí
Existe una posibilidad que rara vez consideramos.
Que una parte importante de lo que hacemos aquí sea precisamente estar aquí.
No como una frase bonita. No como una idea espiritual.
Sino como una experiencia directa.
Estar presentes en nuestra propia vida.
Habitar nuestros días en lugar de atravesarlos distraídamente.
Escuchar una conversación sin estar pensando en otra cosa.
Contemplar un amanecer sin convertirlo inmediatamente en una fotografía.
Compartir tiempo con alguien sin intentar obtener nada a cambio.
Sentir lo que sentimos sin escapar de ello.
Vivir o prepararse para vivir
Gran parte de la humanidad vive instalada en una espera permanente.
Esperamos terminar los estudios, conseguir trabajo, encontrar pareja, jubilarnos o resolver nuestros problemas.
Y mientras esperamos, la vida continúa sucediendo.
Hay un momento en el que resulta evidente que no estamos aquí para prepararnos indefinidamente para vivir.
Estamos aquí para vivir.
Con incertidumbre. Con errores. Con dudas. Con momentos luminosos y momentos difíciles.
Una pregunta abierta
Después de años observando esta cuestión desde diferentes perspectivas, cada vez parece más claro que la respuesta no puede encerrarse en una frase.
No estamos aquí únicamente para producir, consumir, acumular experiencias o satisfacer expectativas ajenas.
La vida parece desplegarse de forma mucho más rica y misteriosa.
Y cuanto más profundamente se contempla la pregunta, menos urge encontrar una respuesta definitiva.
No siempre sabemos qué hacemos aquí.
Pero sí podemos estar aquí.
Despiertos. Presentes. Disponibles para la experiencia de vivir.
Y desde ese lugar, la pregunta deja de ser un problema que resolver.
Se convierte en una puerta que nunca termina de abrirse.