¿Qué es el amor?

¿Qué es el amor?

Pocas palabras se utilizan tanto y se comprenden tan poco como la palabra amor.

La escuchamos en canciones, películas, libros, conversaciones y promesas.

Decimos que amamos a nuestra pareja, a nuestros hijos, a nuestros amigos, a nuestros padres, a nuestra ciudad, a nuestro país o incluso a determinados objetos y actividades.

Sin embargo, cuando intentamos responder con claridad a la pregunta de qué es realmente el amor, descubrimos que no resulta tan sencillo.

Quizás porque solemos confundir el amor con muchas otras cosas.

Confundimos amor con deseo.

Con necesidad.

Con apego.

Con dependencia.

Con admiración.

Con costumbre.

Con seguridad.

Con miedo a la soledad.

Con frecuencia llamamos amor a aquello que sentimos cuando alguien satisface nuestras necesidades emocionales.

Pero cuando esa persona cambia, se aleja o deja de comportarse como esperamos, aquello que llamábamos amor a veces se transforma en frustración, resentimiento o sufrimiento.

Esto nos obliga a preguntarnos si aquello era realmente amor o si se trataba de otra cosa.

Tal vez una de las dificultades para comprender el amor es que solemos buscarlo fuera antes de descubrirlo dentro.

Esperamos que alguien nos haga sentir completos.

Esperamos que otra persona nos proporcione la seguridad, la felicidad o el reconocimiento que no hemos aprendido a encontrar en nosotros mismos.

Y esa expectativa coloca sobre los demás una carga imposible de sostener.

Nadie puede completar una vida que sentimos incompleta.

Nadie puede resolver definitivamente nuestras inseguridades.

Nadie puede construir por nosotros una paz interior que no hemos cultivado.

Paradójicamente, cuanto más necesitamos a alguien para sentirnos bien, más difícil resulta amarle con libertad.

Porque comenzamos a relacionarnos no desde lo que somos, sino desde aquello que creemos necesitar.

Quizás por eso muchas tradiciones espirituales, filosóficas y psicológicas coinciden en una idea sorprendente:

El amor no consiste tanto en obtener algo como en permitir algo.

Permitir que la otra persona sea quien es.

Permitir que la vida se exprese como es.

Permitirnos ver, escuchar y comprender más allá de nuestras expectativas.

Desde esta perspectiva, amar no significa poseer.

No significa controlar.

No significa exigir.

No significa convertir a alguien en responsable de nuestro bienestar.

Amar significa reconocer el valor intrínseco de la otra persona.

Reconocer su libertad.

Reconocer su humanidad.

Y actuar desde ese reconocimiento.

Esto no implica ausencia de límites.

Ni implica aceptar cualquier comportamiento.

Ni significa sacrificar permanentemente nuestras necesidades.

El amor auténtico no elimina la honestidad.

Al contrario.

La requiere.

Porque solo cuando existe verdad puede existir un encuentro real entre dos seres humanos.

Tal vez por eso las relaciones más transformadoras de nuestra vida no son necesariamente aquellas en las que todo resulta fácil.

A menudo son aquellas que nos muestran aspectos de nosotros mismos que permanecían ocultos.

Relaciones que nos obligan a mirar nuestros miedos.

Nuestras heridas.

Nuestras expectativas.

Nuestras formas de escapar de nosotros mismos.

Y, precisamente por ello, nos ofrecen la oportunidad de crecer.

Con el tiempo, muchas personas descubren algo que al principio parece una contradicción.

Descubren que el amor no es algo que llega desde fuera para completar nuestras vidas.

Es algo que emerge de manera natural cuando dejamos de levantar barreras frente a la vida.

Cuando aprendemos a estar presentes.

Cuando dejamos de defender constantemente una imagen de nosotros mismos.

Cuando comenzamos a vivir con más apertura y menos miedo.

Entonces el amor deja de ser únicamente una emoción pasajera.

Se convierte en una forma de relacionarnos.

Con nosotros mismos.

Con los demás.

Y con la vida en su conjunto.

Quizás no sea posible encerrar el amor en una definición definitiva.

Pero sí podemos reconocer algunas de sus huellas.

Donde hay comprensión, suele haber amor.

Donde hay presencia, suele haber amor.

Donde hay respeto por la libertad propia y ajena, suele haber amor.

Y donde desaparece el miedo a controlar, poseer o exigir, el amor encuentra más espacio para manifestarse.

Porque, al final, tal vez el amor no sea algo que tengamos que aprender a crear.

Tal vez sea algo que aparece por sí solo cuando dejamos de impedirlo.