El diamante, el polvo y la lámpara
Sobre la luz que nunca dejó de existir
Vivimos en una época curiosa.
Muchas personas sienten que hay algo mal en ellas.
Como si estuvieran rotas.
Como si les faltara una pieza importante.
Como si primero hubiera que arreglar algo antes de merecer paz, amor o plenitud.
Ahí nace uno de los grandes malentendidos de nuestro tiempo.
No siempre estamos rotos.
A menudo…
solo estamos cubiertos de polvo.
La vida deja huellas.
Experiencias difíciles.
Miedos.
Pérdidas.
Decepciones.
Condicionamientos heredados.
Capas de adaptación que un día ayudaron a sobrevivir y que con el tiempo pueden alejarnos de nosotros mismos.
Entonces dejamos de reconocernos.
No porque la luz desaparezca.
Sino porque cuesta verla.
Me gusta mirarlo a través de tres imágenes.
La luz cubierta de polvo
No está apagada.
No dejó de existir.
Sigue ahí.
El polvo puede ocultarla, pero no destruirla.
El diamante
Un diamante enterrado no pierde valor por permanecer oculto.
No deja de ser diamante porque nadie lo vea.
Simplemente espera ser encontrado.
Nos ocurre algo parecido.
No somos seres defectuosos esperando reparación.
Somos luz cubierta de polvo.
Diamantes en bruto, limpiados, tallados y pulidos por la vida y la consciencia para poder brillar.
La lámpara del genio
La tercera imagen es mi favorita.
La lámpara del genio.
Vieja.
Olvidada.
Cubierta de polvo.
A primera vista parece un objeto sin importancia.
Sin embargo, guarda un potencial extraordinario.
Y el gesto decisivo no consiste en romperla.
Ni en rechazarla.
Ni en despreciarla por haberse oxidado.
La limpiamos.
La tocamos.
Le prestamos atención.
Y algo despierta.
Gran parte del camino humano consiste precisamente en eso.
No en fabricar una luz que nunca tuvimos.
Sino en retirar aquello que dejó de permitirnos verla.
La evolución interior no consiste en convertirse en otra persona.
Consiste en recordar.
En limpiar.
En volver a escuchar lo que quedó oculto bajo demasiado ruido.
Compartir la luz
Hay una última parte de la historia que suele olvidarse.
La lámpara no se limpia solo para sí misma.
El propósito de una lámpara no es admirar su propia luz.
Es iluminar.
¿De qué serviría una lámpara que nunca ilumina?
No limpiamos la lámpara para demostrar que vale.
La limpiamos para que su luz pueda alcanzar a otros.
El trabajo interior auténtico no termina en uno mismo.
No es perfeccionismo espiritual.
No es una carrera interminable hacia una versión mejorada del yo.
Cuando es real…
Se expresa naturalmente en el mundo.
En presencia.
En bondad.
En coherencia.
En servicio.
En Amor.
Tu luz no vino al mundo para permanecer escondida bajo el polvo.
Vino para ser compartida.